En esta pieza, Roem construye una escena de tensión ideológica y visual mediante la apropiación de la cartelería revolucionaria rusa en caracteres cirílicos, combinada con referencias al imaginario occidental.
Un tren —símbolo clásico de progreso, propaganda y maquinaria histórica— avanza por la vía derecha, cargado de épica revolucionaria. Sin embargo, la escena no celebra: cuestiona. La dirección única impuesta, la inevitabilidad del relato oficial y el coste humano del movimiento histórico se ponen en duda.
La inclusión de la estética de Tintín en el país de los soviets, reinterpretada en blanco y negro, introduce una segunda capa: la mirada occidental sobre el mito revolucionario, oscilando entre la sátira, la propaganda y la ingenuidad ideológica.
Roem no ofrece una respuesta cerrada. La obra funciona como un cruce de narrativas: propaganda, cultura popular y memoria política. El resultado es una imagen vibrante y ambigua que obliga al espectador a posicionarse.




